KINDSEIN
Cuando el niño era niño...

Tuesday August 23, 2005

Conversaciones imaginarias en un idioma inventado

Dos meses después de que haya acabado el primer año de colegio de Ana —en el que compartió mesa y juegos por primera vez con otros niños de su edad— ha empezado a mantener largas conversaciones imaginarias con sus muñecos en un idioma inventado. Lo nuevo no es la conversación imaginaria sino el idioma sacado de la manga. Sabíamos que todas sus nuevas amiguitas eran inglesas inscritas en una escuela donde sólo se habla español y valenciano, pero nunca imaginamos cómo sería el día a día con ellas desde el punto de vista de Ana.

Ella debía ver que sus compañeros hablaban otro idioma entre ellos. Y, si hablaban inglés como ella español, debían hablar mucho. Sólo al final del curso chapurreaban un poco de castellano que les había enseñado Emma, la maestra, quien, por otro lado, no conocía ni una palabra de inglés y desde el primer día les habló gesticulando exageradamente como si los niños fuesen sordomudos. 

El idioma que se inventa ahora Ana tiene algunas palabras en inglés (the other, hello, yes, take ...), pero lo más curioso es que lo utilice ahora y no hace dos meses. Muchas veces lo usa para hablar por teléfono imaginariamente con los padres de sus amigas inglesas. Y sobre todo aflora cuando tiene falta de sueño. Entonces son conversaciones especialmente largas con risas incluidas. Si le pides que te lo traduzca, lo hace, por supuesto. Es todo un show.

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Tuesday July 12, 2005

Las aficiones de la directora

La directora del antiguo colegio de Ana tiene una afición: hacer cientos de fotos a los niños que pasan por su colegio. Tiene especial obsesión, según las profesoras, por los primeros planos de los ojos.

El año pasado se publicó un artículo sobre esta escuela en un diario de esta localidad, y salía una foto de un grupo de niños jugando en el patio, firmada por ella misma. Quizás esté publicando otras cosas que jamás conoceremos.

Este año, los de la asociación de padres han aprovechado algunas de esas fotos y han editado un DVD que venden a seis euros. Son imágenes de todos los niños de primaria e infantil que han pasado por el colegio en el curso escolar de 2004-5, tomadas durante la clase, en los recreos, en las excursiones, en los pasillos, ... Las  mostraron el día de la fiesta y anunciaron allí su venta. También me parece muy raro que se comercie abiertamente con imágenes tomadas sin permiso de nadie.

En un colegio tan poco transparente como este, con tantas carencias, donde la comunicación con los padres es nula y donde la respuesta de la directora ante cualquier sugerencia o queja de los padres es una sonrisa falsa y un golpecito en la espalda, no se deberían arriesgar a tener aficiones sospechosas.

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Wednesday June 15, 2005

Aunque tengan razón, la amabilidad brilla por su ausencia



Este mensaje tan amable cuelga de la puerta de la escuela, en la que el 80% de los alumnos es de origen extranjero. Curiosamente, no se pone ninguna pega a que los niños que se matriculan no tengan ni idea de la lengua en la que se imparte el curso. Simplemente, se les deja que bloqueen el aprendizaje de los alumnos locales, que son minoría, y les hagan desaprender la suya propia.

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La cofradía del puño cerrado

Hoy hemos ido a la última reunión del curso. Como ya no hay horario de tarde ni comedor, había varios niños corriendo por el aula prefabricada mientras la maestra trataba de dar su discurso sobre los últimos coletazos del primer año escolar de estos 18 niños. «En resumen, no hay nada que tenga que decirles, pero teníamos que hacer esta última reunión», dijo para arrancar. Después recordó que el viernes, último día de clase, habrá una fiesta para todos en el patio.

Lo único que faltaba por tratar eran las cuentas finales. Al principio del curso, nos pidió que dos padres abriesen una cuenta corriente en nombre de la clase de Infantil-3 (PIP: Programa de Inmersión Progresiva), y que cada niño ingresara 30 euros para los gastos del material. Esa misma mañana, el padre inglés grandote y nosotros mismos abrimos dicha cuenta con los primeros 60 euros del colegio. En el todo a cien de delante del cole, ese dinero daba para varias decenas de cajas de colores Carioca, pintura de dedos, papel, plastilina, ...

Hoy, Emma nos ha dicho que sobran 100 euros y nos ha preguntado que qué hacemos con ellos. Pero ha añadido: «La dirección prefiere que se queden en la cuenta para que la maestra que venga el próximo curso tenga algo con lo que empezar y que no le ocurra como a mi, que estuvimos más de un mes sin nada de material».

Primer encontronazo. ¿Un mes sin material? ¡Pero si le dijimos que comprase inmediatamente lo que hiciese falta! ¡Pero si abrimos la cuenta el mismo día que lo sugirió! ¡Pero si incluso le dijimos que podríamos más dinero de nuestro bolsillo si necesitaba algo para arrancar el curso ya! Nuestra respuesta ha sido: «Eso es muy injusto», y lo hemos tratado de explicar en dos idiomas. Pero Emma se fue por los cerros de Úbeda para evitar reconocerlo, y los ingleses nos miraban como diciendo "qué más dará si el curso empezó con material o si estuvieron comiendo mocos hasta el mes pasado". El inglés robusto me dijo exactamente: «Qué más da lo que haya dicho Emma, eso es ya parte del pasado».

Emma continuó diciendo que otras clases han decidido repartir lo que sobra entre cada niño, y volvió a preguntar qué hacíamos con el dinero. Una madre alemana sugirió que nos fuésemos los padres y la maestra a comer por ahí con ese resto (al McDonalds, supongo). Yo sugerí varias cosas: que se funda todo en regalitos para los peques; que se les haga una fiesta particular con lo que sobra; que se traiga un fotógrafo y se hagan fotos de recuerdo de su primer año de escuela, juntos; que se vayan todos al dichoso Crazy-kidz que les encanta y salten y se revuelquen durante dos o tres horas..... Emma añadió que tenía varias ideas para acabar con el dinero. Pero no hubo quórum.

Las madres inglesas empezaron a murmurar entre ellas. Oímos a una decir a otra, en inglés: «Es que estos quieren que se les devuelva el dinero». Mon Dieu!!

Total incomunicación, pero no por el idioma sino por el choque cultural, o yo que sé. El caso es que eran incapaces de comprender que cada curso es un mundo, que el dinero es de los niños, que lo dimos para este curso concreto y que es el colegio el que tiene que espabilarse en cada clase para que haya un mínimo de material. Pero todos  los ingleses estaban unidos frente a la idea de guardar cinco o seis piojosos euros para el comienzo del próximo curso. «No vamos a malgastarlos», dijo una cuando propuse que se fuesen al Crazy-kidz.

Afortunadamente, el año que viene será vida nueva. Se acabaron las cutreces. Ana dejará de desaprender su propia lengua, y nosotros podremos formar parte de una activa e interesante asociación de padres en la que a los progenitores les interesa algo más que su propio ombligo. O sea, otro colegio.

Cuando se fueron todos, Emma nos contó que, por lo menos los padres de esta clase han venido a las reuniones, aunque no se enteren de nada de lo que se dice en ellas. En otros cursos, ni aparecen.

Cuando le pregunté si le daba pena que acabase el curso, dijo que mucha, que había sido muy feliz dentro del aula con los niños, pero que estaba deseando perder de vista esta escuela.

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Friday June 10, 2005

Tito, el gatito



Ayer nos devolvieron la carpeta de Tito, el Gatito, una semana y media antes de acabar el curso. Lo de arriba es una muestra de lo que contiene. ¿A quién se le habrá ocurrido este "trabalenguas"? Abajo pone que hay que aprendérselo, aunque parece que haya que adivinar qué palabra falta. Ana continuó el baile de vocales y acabó diciendo puta. Quizás era eso lo que buscaba el que lo ideó.

Ya tenemos en casa esta joya que costó más de 70 euros y que resulta que casi no han utilizado en clase. La mitad de los ejercicios están sin tocar. Por otro lado, tengo la sensación de que este libro es más para niños de tres meses que de tres años.

Nota: Wonka le saca punta a este "trabalenguas" en su blog.

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Tuesday May 31, 2005

¡Feliz no-cumpleaños!

Veo el patio del colegio desde la ventana. Una ventaja. Hoy estamos haciendo un simulacro de cumpleaños. Ana los cumple en época de vacaciones pero no se podía quedar sin su día especial en el colegio, ahora que todavía cuelan esas ventajas sociales. Como a todos los niños, le han hecho una corona de cartón. Y veo que ella, que rara vez soporta una gorra por más de unos minutos, va muy contenta con su corona blanca sin quitársela ni un segundo. Esta tarde, la última tarde del curso, llevaremos el enorme pastel y las chucherías que se suelen regalar a todos los niños. Aquí no suele ser un caramelo a cada uno, como antes, sino una bolsa con un amplio surtido de golosinas, gusanitos, chupa-chups, globos, ... Yo hubiese preferido regalar un "pompero". Pero imaginaba a los 18 haciendo pompas al mismo tiempo y a la maestra enloqueciendo, y desistí. Ayer decidimos preparar las bolsas en casa. Ana distribuyó el surtido en las 18 bolsitas, y después les atamos lazos rojos a cada una.

Cuando somos mayores, esperamos tanto de los días especiales que suelen acabar siendo una pesadilla. A Woody  Allen, cuando cumple años, cada 1 de diciembre, suelen preguntarle: «¿Qué te gustaría para este día?» Y responde, sin dudarlo: «Que no ocurra nada malo».


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Friday May 27, 2005

La violencia en Infantil-3 años


He encontrado algo que escribí al principio de este curso, el primero en la vida de Ana:

 «En la clase de Ana hay un niño que se muerde la mano hasta hacerse sangre. Grita y patalea todo el tiempo, y se tira del pelo. Ana dice que tiene los dientes de un tigre y que menea la cabeza de un lado a otro cuando se muerde para hacerse pupa roja. Parece sacado de la selva del Amazonas, con sus ojos rasgados, su piel oscura y su pelo lacio, negro, largo. Siempre lleva un Spiderman casi tan grande como él a todas partes. Su madre tiene cara de Cruella De Vil. Mira a las madres inglesas con desconfiaza y a su marido con respeto.
Angustiada por el espectáculo sangriento que tenía que presenciar Ana, hablé con la psicóloga del colegio. Nos confesó que Cruella De Vil no era precísamente un modelo de madre, que suele dejar a sus hijos solos en casa —uno de tres años y otro de cinco— cuando se va a comprar o a vete tú a saber dónde. Y que el pequeño ha aprendido a actuar así para que le presten atención.
También hay una niña en clase que pega a todos los demás, sin excepción, desde el primer día. Su madre siempre va vestida con una chilaba a rayas con capucha.
Ana fue más o menos contenta el primer día de clase, sin llorar, pero ahora dice que los niños de su clase no le gustan, sólo las maestras, y que nunca dibuja soles ni hace nada, como yo le había dicho que haría, y que no quiere volver. Llora a menudo y le dice a Emma que quiere que venga su mamá. Y la pava de la maestra le contesta que, si llora, yo no iré.»

Ahora está a punto de terminar el curso y Ana desea ir al cole a todas horas. El niño amazónico ya no se muerde. La pegona, ya no pega. Pero todos los demás han aprendido a dar patadas y puñetazos. Ana lloraba el otro día en el Decathlon porque quería que comprásemos un saco de boxeo rojo que incluía guantes a juego. La verdad es que era muy bonito. Puede que sea una forma alternativa de gastar esas energías. O puede que no.

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Monday May 23, 2005

Llamadas urgentes, llamadas innecesarias

Primer día, primera anécdota lamentable. Esta mañana, llegamos al colegio después de un mes en Barcelona, y la maestra nos dice: «¡Cuánto tiempo! ¿Os habéis ido de vacaciones?» Continuó, muy preocupada: «En el colegio querían dar de baja a la niña, pero yo les dije que esperaran un poco de tiempo, si no, hubiéseis tenido que ir otra vez al Ayuntamiento a matricularla». Y añadió: «Y yo lo siento por ella, porque ahora le va a costar otra vez adaptarse. Ya va desorientada porque desconoce las rutinas que tenemos cada día».

Entonces recordé una vez que me llamó porque tenían que comprar tizas y plastilina y necesitaban una firma para lo de los cheques bancarios del colegio. Y me pregunté por qué para comprar 20 euros de material me llamaron con urgencia y, en cambio, para dar de baja a la pequeña ni se lo han planteado.

Ana, volviendo a casa, dijo: «¡Sí que me voy a adaptar!»

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Tuesday May 17, 2005

El libro del "Todo a Cien"

Hace un mes que Ana no va al colegio —que ahora está a 500 Km de aquí— pero no ha dejado de crecer por ello. Yo diría que al contrario. Mientras tanto, los niños de su clase —la mayoría británicos— habrán avanzado en el aprendizaje de la lengua. Ella todavía recuerda el «Yo no quiere» o «Tú sí mi amiga» de sus compañeras. Creo que era toda la conversación que podían mantener con ella, cuando nos marchamos. Y ahora ella lo repite, con guasa.

La otra mañana encontramos un libro de Educación Infantil en un "Todo a Cien". Es un grueso bloc de fichas del nivel cinco años. Ana tiene tres años, pero este libro —LÁPIZ, Edebé, 2 euros— no parece menos interesante para ella que el que compramos para el colegio —Tito, el Gatito, Ed. Teide, 52 euros.

Además, después del primer trimestre del curso, la maestra confesó que no lo habían utilizado. Y explicó el motivo: «Nos dimos cuenta de que los niños eran incapaces de mantenerse quietos delante del libro sin despegar todas las pegatinas y rayotear las páginas». Dicho así, sonaba a que era la primera vez en su vida que trataban con niños de 3 años o a que pensaban que los pequeños eran incapaces de centrarse en algo. Sospecho que el problema debía ser que los alumnos no la entendían, aunque ella anunciara en Navidad que ya eran trilingües. Después del segundo trimestre, habían logrado fotocopiar algunas páginas para rayotearlas. (Cuando se están haciendo esas fotocopias debe ser cuando se quedan solos.)

El caso es que Ana se entusiasma con LÁPIZ, que incluye pequeñas historias que enlazan las actividades y que ella escucha muy atentamente. Y he comprobado que ella (y estoy segura de que cualquier otro niño de su edad) sería capaz de hacer todas las actividades del libro en una semana, si se le presta un poco de atención. Y da tiempo para comentar las historias, las imágenes, pegar, recortar, y, sobre todo, jugar. Me pregunto por qué en el colegio necesitan más de medio curso para abordar menos de un tercio del libro.

Ojalá sea sólo cosa de su escuela.

La semana próxima volveremos. A ver qué nuevas anécdotas nos deparan. Espero que sean buenas.

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Tuesday April 19, 2005

La fiesta de cumpleaños

Ayer fuimos a una fiesta de cumpleaños en el Krazy Kidz Funhouse. Los niños se lo pasaron de maravilla. En cuanto a nosotros, las madres inglesas acabaron de nuevo en un lado del bar, juntas; la española (sólo yo) y la francesa, en otro; y las latinoamericanas, en otro. En total, debía haber unas 15 madres y sólo un padre. Duró dos horas. Era un sótano sin luz natural, y los niños iban descalzos por un suelo frío. Es uno de esos locales que hacen el agosto alquilando por horas una zona de juegos con suelo blando  y donde dan a los niños del cumpleaños un plato con un puñado de patatas fritas, un sandwich de nocilla y un vaso de concentrado de algo.

Este es inglés. En el lavabo había un elaborado cartel plastificado que decía: «Tiren panales y compressas al contanedor corraspondente». Las dos animadoras, que apenas hablaban español, ponían cara de «¿Qué estoy haciendo yo aquí?» y ni siquiera iban vestidas con algún uniforme identificador. Una de ellas, la más joven, bailaba entre los niños descalzos con zapatos de plataforma.

Las minibolsas-extra de ganchitos para los niños se cobraban a 20 céntimos la unidad, un detalle especialmente cutre, teniendo en cuenta que las consumiciones de los padres las cobran a precio de terraza. ¿Se arruinaría la empresa por poner un barreño de ganchitos para los niños?

Antes de soplar el pastel, las animadoras preguntaron: ¿En qué idioma queréis cantar Cumpleaños Feliz? Los ingleses gritaron: «¡¡¡¡En español!!!» Los españoles no entendieron la pregunta, que se hizo en el idioma que habla la mayoría y que no se enseña en el colegio.

Esto de los parques de juegos debe ser un buen negocio. Cualquier agujero parece que les sirve, sólo necesitan unas atracciones infantiles que quepan en la habitación y abrir la caja registradora. Además, deben pagar muy poco a las animadoras. He visto más de una vez el cartel de «¿Te gustan los niños? Ven a trabajar con nosotros». Debe ser que o no le gusta los niños a casi nadie, o los de la empresa piensan que no merece la pena pagarles un sueldo decente a quien se ocupa de ellos.

Algo parecido piensa el gobierno español. Durante la fiesta me enteré de que en Francia hay todo tipo de ayudas para la maternidad. Incluso existe una especie de pensión por haber "trabajado" como madre durante toda una vida. En España, en cambio, dan 100 euros, y sólo a las madres trabajadoras. Da risa. Aquí, si una madre se queda en casa a cuidar a sus hijos, ya sea porque quiere o porque no tiene dinero para mandarlos a una guardería, pues se quedan sin la limosna estatal.

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Wednesday April 13, 2005

La importancia de Preescolar (II)
Caminaba hacia la "zona de recogida de niños" del colegio cuando vi salir de su flamante coche a uno de los pocos padres con los que hablo (porque, salvo excepciones, los ingleses no muestran ni el más mínimo interés en socializar con quien no sea británico). Su hijo va a la clase de Ana. Es un hombre joven y muy amable que siempre usa ropa clásica de marca y es el dueño de un famoso restaurante local. Viven en un chalé y tienen dos o tres coches que alternan para traer y recoger al pequeño. Su mujer me dijo un día que él era partidario de la enseñanza privada y que ella no. Según ella, estudia quien quiere estudiar y, quien no quiere, no estudia, independientemente de la escuela donde vaya. Y lo dijo totalmente convencida de lo que decía. Ahora me faltaba oírle a él. Después de las frases de cortesía habituales, fui al grano: «¿Habéis pensado si os vais a quedar en este colegio los próximos años? Tu mujer me ha dicho que tú prefieres la educación privada». Encogió los hombros. «Si, es cierto, es que yo estudié en un colegio privado», me dijo con cierto orgullo. «Supongo que sí que nos quedaremos, pero no sé, ya veremos, total ahora están en Infantil y da un poco igual».
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Tuesday April 12, 2005

La madre musulmana

Hoy he conocido a una madre musulmana que ha ido a llevar a su hijo de cuatro años al colegio. Nunca la había visto antes. Llevaba un pañuelo negro que sólo dejaba ver su cara, y un niño de unos dos años cogido de la mano. Se puso a hablarme espontáneamente mientras caminábamos hacia la salida del colegio. Me explicó que su hijo está traumatizado porque habían tenido que cambiar de ciudad y de colegio a mitad de curso. Acaban de llegar de Toledo. Allí su hijo estaba en una escuela infantil donde se sentía muy feliz y donde él era «el jefe de toda la clase» y «todos los niños le querían mucho». Hacían clases de inglés dos días a la semana, con canciones y juegos, y él estaba plenamente integrado.

Ahora ha aterrizado en una clase donde no conoce a nadie, donde le hablan en valenciano, donde nunca hay clase de inglés, y donde el 90% de los alumnos son británicos. «Cuando cuento que todos los niños de su clase son ingleses me preguntan si es que lo llevo a un colegio privado», dijo entre risas. Dice que el niño tiene pesadillas por la noche, y que le dice a todas horas que no quiere volver. «Yo no sé, pero... ¿el valenciano para qué sirve, además de para quedarte aquí siempre?», preguntó. «Yo creo que es más importante que aprendan inglés y castellano, y, después, el valenciano que lo aprendan en la calle, como yo he aprendido el español». La mujer, por cierto, hablaba perfectamente el castellano.

Hablando de la inmigración, se ha sorprendido de la cantidad de extrajeros que hay. «Hace cinco años que nos fuimos, y aquí sólo estábamos los chinos y los árabes», dijo, «pero ahora es increíble, parece que España va a explotar. Aunque es lógico, vienen todos porque la gente aquí es muy cariñosa, te acogen muy bien, y es normal que todos quieran venir».

Se marchó con su eterna sonrisa diciéndome que si quiero ir a Tánger que ella me da la llave de su casa para que nos quedemos allí... ¡Qué ímpetu! ¡Qué buena relaciones públicas escondida tras un velo!

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Wednesday March 16, 2005

La reunión trimestral
Hoy ha habido reunión de padres para la entrega del boletín de "notas" de Infantil. Pero habría que explicar antes las peculiaridades de la clase y del colegio. Aunque se trate de un colegio público valenciano,  hay alumnos españoles, británicos, alemanes, argentinos, belgas, chinos, franceses, italianos, marroquíes, holandeses, suizos, uruguayos, venezolanos, ecuatorianos, colombianos, un polaco, un argelino, un cubano y un georgiano. Concretamente, el 80% del alumnado es de procedencia extranjera. En la clase de infantil de Ana, ella es la única niña española. La mayoría son ingleses. Hay algunos hispanos, una marroquí y un par de origen francés.  

Cuando asistimos a la reunión trimestral, nos sentamos alrededor de las dos mesas del aula en las sillas diminutas. Los padres ingleses suelen sentarse todos juntos, aunque no se conocen de nada, y alrededor de la otra mesita se sientan los hispanos. Uno de los padres ingleses —el único que sabe español— hace siempre de traductor. Es un hombre robusto que traduce con  mucho convencimiento y con una voz muy grave las palabras que dice la profesora. Suena un poco cómico.

«Ya entienden y hablan perfectamente el español y el valenciano», sentenció Emma mirando a los ingleses. El padre traductor lo repetía como si lo creyera. Les dijo lo mismo en Navidad, poco después de empezar el curso. Concretamente, en aquella primera reunión anunció: «¡Ya son trilingües!»

Pero después de abordar el tema 'aprendizaje del español en el colegio público', Emma empezó a contradecirse y a decir que mezclan el castellano con el valenciano y dicen cosas como "Me duelen los peus". También le dijo a una madre inglesa que cuando le preguntaba a su hija, Ashley, si este color era rojo decía SI; y si cambiaba de color y le hacía la misma pregunta, volvía a responder SI; y así una y otra vez. «Pero yo creo que lo sabe, es que está muy despistada y no se centra, siempre está mirando las nubes», añadió. La madre afirmaba con la cabeza y la miraba perpleja.

La profesora  continuó haciendo hincapié en los conocimientos de las letras. «Saben muchas letras». «Hay niños que saben escribir». «Por ejemplo, eso de ahí de la pizarra, donde pone miércoles, lo hemos puesto hoy. Yo les voy diciendo las letras y las ponen ellos». Y se dirigió a una madre inglesa para decirle que cuando le pedía a su hijo que escribiese su nombre, lo hacía, y después ponía Emma y también el nombre de su hermano. «Es muy rápido e inteligente», decía. «What is "rapido"?», le preguntaba la madre a una vecina. Entre tanto, Emma le recordó a la madre de Ashley que su hija estaba en babia y por eso no había apuntado ninguna letra en el apartado del boletín de notas "sé escribir estas letras". Espero que no haya hecho mucho caso a las descalificaciones de la profesora.

Lo que más me gusta de ese boletín es la última página, donde cada uno se hace su autorretrato. Es una obra de arte titulada: Así soy yo.



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La búsqueda más surrealista de una escuela de música
Buscar un centro de educación musical para niños de tres años en España es muy complicado. Pero, si vives lejos de las grandes ciudades, lo es mucho más. Y no es porque no los haya. Pero, aunque cada vez hay mas publicaciones gratuitas locales, no hay buenas referencias sobre qué se ofrece en cada lugar. Y es mucho peor en Internet. Yo buceé durante varias semanas por directorios españoles caóticos llenos de enlaces rotos, hasta que, harta de no encontrar nada, decidí dirigirme a los expertos en el asunto, por surrealista que pueda parecer.

Contacté con la atenta directora de la Sociedad para la Educación Musical en el Estado Español (SEM-EE), Maravillas Dí­az. Busqué al profesor Vicente Sanjosé Huguet, de la Universidad de Valencia (que publicó por esas fechas (4-6-2004) en Las Provincias el artí­culo ¿Menos música y más matemáticas?).  Acudí a la Asociacion Mundial de Educadores Infantiles (que ni contestaron); a la revista Filomúsica; a los del método Suzuki; a la Asociación Willems, ...

Isabel F. Álvarez, de Filomúsica, aunque no pudo darme pistas, escribió un artículo inspirado en mi e-mail de búsqueda desesperada. Lo tituló Orientaciones para familias con niños menores de seis años. Maravillas Díaz —que, aunque yo pensaba que estaba en Valencia, reside en el País Vasco y estaba liada preparando el congreso de la International Society for Music Education (ISME2004)— me remitió a la Generalitat Valenciana. Pero de ahí sólo logré una lista de academias de música para adultos. En resumen, de todos los citados, los del método Willems desde su sede central en Francia fueron los únicos que me dieron una pista cercana: me enviaron el teléfono de una profesora de música diplomada por su método y que viví­a a 30 Km de nuestra casa.

Resultó ser una pianista que sólo impartía clase a mayores de nueve años, pero nos habló de un curso de música para niños de tres y cuatro años que se iba a impartir ese verano en la Sociedad Musical de Sax, Alicante.

Por fin llegó el primer dí­a de clase. Recorrimos unos buenos kilómetros bajo el tórrido sol a la búsqueda de la escuela musical infantil. Iba a ser el primer contacto de Ana, a sus dos añitos y medio, con una escuela, y tenía que ser especial porque era de música. Yo imaginé instrumentos, sonidos, un espacio recogido y amable, risas y juegos, ...

Para nuestro asombro, era un edificio viejo al que no habí­an destinado ningún presupuesto en las últimas tres décadas. En las paredes de la entrada, habían muchas fotos de bandas de música de los últimos 40 años, dejando constancia de la tradición musical de la ciudad. Más adentro, habí­a una única sala, como un gimnasio, con músicos adolescentes ensayando en una esquina. Los techos eran muy altos y de ellos se iban desprendiendo una especie de hueveras amarillentas. El aspecto era deplorable. Y hacía un calor sofocante.

La directora del centro era tan encantadora como por teléfono. Pero la profesora del curso resultó ser una especie de militar que gritaba para dirigirse a los niños y se movía pesadamente de un lado a otro. Aunque se mostró amable, me miraba raro porque pedí quedarme con Ana hasta que ella quisiera que me marchara. La pequeña estaba pegada a mi como una lapa y no quería ni poner el pie en el suelo. La única forma de que se quedara era quedarme yo con ella.

La clase se formó en torno a una tabla alargada, sentados en sillas plegables de madera. Una chica de unos 17 años la ayudaba. Quisieron empezar la clase con unas fotocopias de instrumentos para colorear, pero la fotocopiadora no funcionaba bien. Salieron todas oscuras, pero las repartieron igualmente. Los niños pintaron sobre folios grises mientras la profesora pasaba por detrás de cada uno y comentaba a voz en grito: «¡¡Qué bien!! ¡¡Qué bien lo haces!! ¡Muy bonito! ¡Venga, pinta!». Cada vez que pasaba por detrás, Ana se encogía y me decía: «Pinta tú».

Llegó el turno de las canciones. Hizo poner a todos en pie, formando un círculo a su alrededor, y empezó a cantar canciones del tipo "Yo tengo una casita, así, así, así de pequeñita...". Después de cantar un par, dijo que era la hora de merendar y todos sacaron un bocadillo y se sentaron maquinalmente en el suelo, en círculo, como si lo hubiesen hecho cada día de su vida.

Entonces fue cuando Ana empezó a relajarse y se despegó de mi falda. Bajó a pisar suelo y empezó a investigar los alrededores. Pero tuvo la mala fortuna de tocar unas sillas apiladas contra la pared que se abrieron y desplomaron haciendo mucho ruido. Los niños gritaron un ¡¡¡HALAAAAAA!!!, y Ana empezó a llorar.

La maestra aprovechó para mejorar la situación: «¡¡ANA, ve a sentarte con tus compañeros!!! ¡¡Tus compañeros quieren que te sientes son ellos!!! ¡¡No puedes estar con tu mamá siempre!! Si sigues ahí con tu mamá, todos tus compañeros empezarán a llorar porque no está la suya!!!!»
 
Los niños miraban a la profesora sin prestar demasiada atención a lo que decía. Aparte de un niño que había entrado a la fuerza después de que su abuelo le diese un par de guantazos, el resto parecía sentirse como en casa, aunque no mostraban ningún entusiasmo. Ana y yo estábamos perplejas ante la tan idealizada "clase de música".

Y entonces fue cuando la maestra aprovechó para aleccionarme a mi también: «¡¡Tienes que dejarla e irte!! ¡Aunque llore, da igual! ¡Es normal, todos lloran el primer día!!! ¡¡Hazme caso!! ¡¡Yo estoy dando clases a niños pequeños desde hace quince años, y lo sé muy bien!! ¡El primer día de clase he llevado a más de uno llorando, a rastras, y agarrándose a todos los árboles del paseo hasta llegar al colegio».

Creo que no hizo falta oír más. Nunca volvimos. Y desistí de la búsqueda.

Un mes más tarde, supe que había un curso de música para preescolares en el pueblo donde pasamos cada fin de semana, a cinco minutos de casa. No estaba anunciado en ninguna parte y no lo conocía ni la gente del pueblo. Me enteré entrando a la Casa de la Música y preguntando si había algo así. Y resultó que sí.

La maestra es una profesora fantástica que sabe trasmitir su entusiasmo a los pequeños. Se llama Toñi. Toca el piano, el clarinete, el obóe y la guitarra. Los niños experimentan con sonidos, con el ritmo, cantan, bailan, ven y tocan instrumentos de verdad, escuchan música y aprenden jugando, ... y están encantados con ella. Lo único malo es que sólo dura una hora a la semana. Yo cambiaría el colegio diario por una clase así.

Por cierto, Ana entró sola por su propio pie y sin llorar el primer día. Los más pequeños saben muy bien lo que hacen.
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Monday March 14, 2005

Solos en clase
El otro día, ocurrió un accidente en clase. Un niño de tres años con un bolígrafo en la mano casi le sacó un ojo a otro. Ahora éste lleva una herida a sólo un par de centímetros de sus pestañas. Podría haber tenido menos suerte. Oí como Emma, la maestra, daba explicaciones a la madre de la víctima: «No sé cómo ha podido ocurrir. Ha sido en un momento. De repente me dí la vuelta y estaba llorando».

Al llegar a casa, Ana empezó a contar espontáneamente que un niño le había pegado a otro con un boli y que le salía sangre del ojo y que la profesora se había ido. «Se fue a hacer fotocopias, porque nosotros no tenemos miedo de quedarnos solos», dijo.

Me entró pánico:

—¿Cómo? ¿Os quedáis solos en clase alguna vez?
—Sí.
—¿Mucho rato?
—No, poco.
—¿Y qué os dice ella cuando se va?
—Que no salgamos de la clase.

Hoy he ido a hablar con la profesora. Me ha dicho que es cierto que a veces se va a hacer fotocopias o al lavabo, que es inevitable que se queden solos porque no tiene ayuda. «Pero esto es lo que te vas a encontrar en todos los colegios públicos», sentenció.

En la primera reunión del curso nos hablaron de la figura de la "profesora de apoyo", que estaría para cubrir esos huecos, ayudar a la maestra y ayudar a los niños que llevasen un ritmo distinto al del resto de la clase. Pues bien, al parecer, nunca está a mano cuando se necesita.

La maestra empezó diciéndome que el colegio era perfectamente normal, pero después de unos minutos acabó reconociendo que tenía carencias importantes (fuera de la Ley, vamos).

Lo más evidente es que los lavabos de Infantil no están dentro del aula, sino dos pasillos más allá. «Es cierto, eso está en un decreto ... del 91. Yo lo tuve que estudiar», dijo. Pero, por si fuera poco, los mandan solos, de dos en dos, cuando quieren hacer sus cosas.

«El colegio no tiene medios», confesó la maestra, ya más animada a decir lo que pensaba. «Y es cierto que esas reuniones con los padres no sirven para nada, pero nos obligan desde la Dirección a hacerlas cada trimestre».

El colofón final fue lo mejor: «Y yo estoy deseando que llegue el final del curso para irme de aquí». ¿Será que también hay mobbing en la escuela?
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Para los niños, para los que tienen la suerte de convivir con alguno de ellos y para los que todavía guardan uno dentro de su viejo cuerpo.

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