KINDSEIN
Cuando el niño era niño...

Wednesday March 16, 2005

La búsqueda más surrealista de una escuela de música
Buscar un centro de educación musical para niños de tres años en España es muy complicado. Pero, si vives lejos de las grandes ciudades, lo es mucho más. Y no es porque no los haya. Pero, aunque cada vez hay mas publicaciones gratuitas locales, no hay buenas referencias sobre qué se ofrece en cada lugar. Y es mucho peor en Internet. Yo buceé durante varias semanas por directorios españoles caóticos llenos de enlaces rotos, hasta que, harta de no encontrar nada, decidí dirigirme a los expertos en el asunto, por surrealista que pueda parecer.

Contacté con la atenta directora de la Sociedad para la Educación Musical en el Estado Español (SEM-EE), Maravillas Dí­az. Busqué al profesor Vicente Sanjosé Huguet, de la Universidad de Valencia (que publicó por esas fechas (4-6-2004) en Las Provincias el artí­culo ¿Menos música y más matemáticas?).  Acudí a la Asociacion Mundial de Educadores Infantiles (que ni contestaron); a la revista Filomúsica; a los del método Suzuki; a la Asociación Willems, ...

Isabel F. Álvarez, de Filomúsica, aunque no pudo darme pistas, escribió un artículo inspirado en mi e-mail de búsqueda desesperada. Lo tituló Orientaciones para familias con niños menores de seis años. Maravillas Díaz —que, aunque yo pensaba que estaba en Valencia, reside en el País Vasco y estaba liada preparando el congreso de la International Society for Music Education (ISME2004)— me remitió a la Generalitat Valenciana. Pero de ahí sólo logré una lista de academias de música para adultos. En resumen, de todos los citados, los del método Willems desde su sede central en Francia fueron los únicos que me dieron una pista cercana: me enviaron el teléfono de una profesora de música diplomada por su método y que viví­a a 30 Km de nuestra casa.

Resultó ser una pianista que sólo impartía clase a mayores de nueve años, pero nos habló de un curso de música para niños de tres y cuatro años que se iba a impartir ese verano en la Sociedad Musical de Sax, Alicante.

Por fin llegó el primer dí­a de clase. Recorrimos unos buenos kilómetros bajo el tórrido sol a la búsqueda de la escuela musical infantil. Iba a ser el primer contacto de Ana, a sus dos añitos y medio, con una escuela, y tenía que ser especial porque era de música. Yo imaginé instrumentos, sonidos, un espacio recogido y amable, risas y juegos, ...

Para nuestro asombro, era un edificio viejo al que no habí­an destinado ningún presupuesto en las últimas tres décadas. En las paredes de la entrada, habían muchas fotos de bandas de música de los últimos 40 años, dejando constancia de la tradición musical de la ciudad. Más adentro, habí­a una única sala, como un gimnasio, con músicos adolescentes ensayando en una esquina. Los techos eran muy altos y de ellos se iban desprendiendo una especie de hueveras amarillentas. El aspecto era deplorable. Y hacía un calor sofocante.

La directora del centro era tan encantadora como por teléfono. Pero la profesora del curso resultó ser una especie de militar que gritaba para dirigirse a los niños y se movía pesadamente de un lado a otro. Aunque se mostró amable, me miraba raro porque pedí quedarme con Ana hasta que ella quisiera que me marchara. La pequeña estaba pegada a mi como una lapa y no quería ni poner el pie en el suelo. La única forma de que se quedara era quedarme yo con ella.

La clase se formó en torno a una tabla alargada, sentados en sillas plegables de madera. Una chica de unos 17 años la ayudaba. Quisieron empezar la clase con unas fotocopias de instrumentos para colorear, pero la fotocopiadora no funcionaba bien. Salieron todas oscuras, pero las repartieron igualmente. Los niños pintaron sobre folios grises mientras la profesora pasaba por detrás de cada uno y comentaba a voz en grito: «¡¡Qué bien!! ¡¡Qué bien lo haces!! ¡Muy bonito! ¡Venga, pinta!». Cada vez que pasaba por detrás, Ana se encogía y me decía: «Pinta tú».

Llegó el turno de las canciones. Hizo poner a todos en pie, formando un círculo a su alrededor, y empezó a cantar canciones del tipo "Yo tengo una casita, así, así, así de pequeñita...". Después de cantar un par, dijo que era la hora de merendar y todos sacaron un bocadillo y se sentaron maquinalmente en el suelo, en círculo, como si lo hubiesen hecho cada día de su vida.

Entonces fue cuando Ana empezó a relajarse y se despegó de mi falda. Bajó a pisar suelo y empezó a investigar los alrededores. Pero tuvo la mala fortuna de tocar unas sillas apiladas contra la pared que se abrieron y desplomaron haciendo mucho ruido. Los niños gritaron un ¡¡¡HALAAAAAA!!!, y Ana empezó a llorar.

La maestra aprovechó para mejorar la situación: «¡¡ANA, ve a sentarte con tus compañeros!!! ¡¡Tus compañeros quieren que te sientes son ellos!!! ¡¡No puedes estar con tu mamá siempre!! Si sigues ahí con tu mamá, todos tus compañeros empezarán a llorar porque no está la suya!!!!»
 
Los niños miraban a la profesora sin prestar demasiada atención a lo que decía. Aparte de un niño que había entrado a la fuerza después de que su abuelo le diese un par de guantazos, el resto parecía sentirse como en casa, aunque no mostraban ningún entusiasmo. Ana y yo estábamos perplejas ante la tan idealizada "clase de música".

Y entonces fue cuando la maestra aprovechó para aleccionarme a mi también: «¡¡Tienes que dejarla e irte!! ¡Aunque llore, da igual! ¡Es normal, todos lloran el primer día!!! ¡¡Hazme caso!! ¡¡Yo estoy dando clases a niños pequeños desde hace quince años, y lo sé muy bien!! ¡El primer día de clase he llevado a más de uno llorando, a rastras, y agarrándose a todos los árboles del paseo hasta llegar al colegio».

Creo que no hizo falta oír más. Nunca volvimos. Y desistí de la búsqueda.

Un mes más tarde, supe que había un curso de música para preescolares en el pueblo donde pasamos cada fin de semana, a cinco minutos de casa. No estaba anunciado en ninguna parte y no lo conocía ni la gente del pueblo. Me enteré entrando a la Casa de la Música y preguntando si había algo así. Y resultó que sí.

La maestra es una profesora fantástica que sabe trasmitir su entusiasmo a los pequeños. Se llama Toñi. Toca el piano, el clarinete, el obóe y la guitarra. Los niños experimentan con sonidos, con el ritmo, cantan, bailan, ven y tocan instrumentos de verdad, escuchan música y aprenden jugando, ... y están encantados con ella. Lo único malo es que sólo dura una hora a la semana. Yo cambiaría el colegio diario por una clase así.

Por cierto, Ana entró sola por su propio pie y sin llorar el primer día. Los más pequeños saben muy bien lo que hacen.
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Comments:

Me alegro, ¿no es Valencia la comunidad de la música?

En Valladolid hay una escuela municipal de música donde el duendecillo podrá apuntarse el curso que viene. Este año va a una piscina dos días a la samana pero el año que viene lo cambiaremos por la música. ¡Todo a la vez no puede ser!

Posted by juyma on March 17, 2005 at 09:59 AM CET #

Pues si, Valencia es la comunidad de la música, pero España no es precísamente el país de la información. Somos como la homeopatía: se diluye tanto la poca sustancia, que no llega a hacer efecto, aunque algunos sean los reyes del efecto placebo.

Posted by Paula on March 17, 2005 at 10:13 AM CET #

A mí siempre me ha llamado la atención que se considere normal que alguien llore el primer día de clase, como si fuera un rito de paso.

Tendrían que ver "Un golpe del destino" (1) de Steve Martin. Su hija no quiere ir sola al colegio y él empieza el curso con ella, sentado en un pupitre cercano. Día a día se va sentando más lejos hasta que finalmente espera un rato en el pasillo y se va. Y ella tenía cinco años, no tres...

(1) http://www.imdb.com/title/tt0111194/

Posted by Un mal adiestrador on March 17, 2005 at 09:55 PM CET #

Yo tengo mal recuerdo de mi primer día de clase. Tenía seis años, y entré a la fuerza. Mi madre, la directora y una profesora me empujaron a un aula inmensa llena de niñas. En el forcejeo, le dí una patada a la directora, seguro que sin querer.

Creo que hay mejores formas de empezar "la vida académica". Aún hoy sigo preguntándome: ¿Por qué lo hicieron así?

He visto "Un golpe del destino". Matilda, la niña, tuvo mucha suerte ese primer día de escuela, sobre todo con la escuela.

Posted by Paula on March 18, 2005 at 10:20 AM CET #

Es estupendo que encontraras un curso así cerca de tu casa. Todos los niños en sus aulas deberían tener la oportunidad de escuchar música en directo de forma habitual, de poder cantar y bailar a diario, de poder entrar en contacto con los instrumentos, de jugar con el ritmo... Es una lástima que ese tipo de actividades no estén en los libros de texto y en consecuencia se prive a los niños de su gran beneficio, ya que con ellas les estamos enseñando a andar, a moverse, a hablar, a expresar sus sentimientos, a conocer su cuerpo, les estamos enseñando matemáticas, lenguaje… y además estamos desarrollando su atención y su memoria.

Posted by Sheila on April 07, 2005 at 11:49 AM CEST #

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Para los niños, para los que tienen la suerte de convivir con alguno de ellos y para los que todavía guardan uno dentro de su viejo cuerpo.

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