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Thursday October 13, 2005

Los peligros de la obediencia

Stanley Milgram (1933-1984) fue un psicólogo de la Universidad de Yale (EEUU) que publicó en 1963 un impactante estudio sobre la obediencia a la autoridad en el Journal of Abnormal and Social Psychology. Las conclusiones de aquel experimento fueron tan polémicas que a Milgram le echaron de la APA (American Psychological Association) al año siguiente por cuestiones éticas. Sin embargo, pronto sería considerado uno de los estudios de psicología social más importantes del siglo XX.

El País menciona hoy a este hombre en su refrito de cada jueves de The New York Times. El artículo original del diario neoyorquino ha quedado tan destrozado que es recomendable leer sólo el original, que data del 27 de septiembre (vía Herald Tribune). Dan Hurley, un periodista científico del Times, se trasladó a Ohio para pasar el día en el Archivo de Historia de la Psicología Americana (motivo del reportaje), un fascinante museo de la Universidad de Akron que contiene desde películas de Freud hasta la máquina de shocks que utilizó Milgram para su estudio. Hurley estuvo hablando con el doctor David B. Baker, director del museo, recorrió los archivos, y aprendió todo sobre la colección de manuscritos, libros y aparatos. Incluso se sometió al psicógrafo. Seguramente el periodista de El País sólo obedecía órdenes cuando se comió el 80% del texto  de Hurley y conservó la firma.

El estudio de Stanley Milgram sobre la obediencia

Milgram empezó con los experimentos en 1961, un año después de que condenaran a muerte a Adolf Eichmann en Jerusalén por crímenes contra la Humanidad durante el régimen nazi en Alemania. Este psicólogo neoyorquino se preguntó por qué un hombre que no tenía nada en contra de los judíos y que parecía tan normal había acabado participando en el Holocausto. ¿Era posible que sólo acatase órdenes?

Método del trabajo

Pusieron unos anuncios en un diario de New Haven (Connecticut) pidiendo voluntarios para un experimento científico relacionado con «la memoria y el aprendizaje» en la Universidad de Yale. Pagaban cuatro dólares más dietas. No se les habló del motivo real del estudio para no influir en los resultados finales. Acudieron voluntarios de entre 20 y 50 años de ambos sexos y de todas los niveles culturales.

Había tres figuras: el investigador (que hacía el experimento), el "maestro" (que era el voluntario, el auténtico conejillo de indias del estudio) y el "alumno" (un actor que fingía ser otro participante). El investigador explicaba que pretendían probar los efectos del castigo en el aprendizaje. Añadía que existían muy pocas investigaciones en ese campo y que no sabían cuánto castigo es necesario para un mejor aprendizaje.

Ambos debían sacar un papelito de una caja para escoger el rol que desempeñarían en el experimento supuestamente aleatorio. En realidad, en todos los papelitos ponía "maestro" y el actor fingía haber sacado el de "alumno".

En una sala vecina, el "actor" se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata «para evitar un movimiento excesivo». Se le colocan unos electrodos y se advierte que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreparables. Se les da una descarga de 45 voltios a ambos para que el maestro vea qué tipo de dolor recibirá su alumno.

Entregan una lista de pares de palabras que el "maestro" tiene que enseñar al "alumno". Primero lee todas las palabras seguidas y después sólo la primera de cada pareja y el "alumno" tiene que adivinar la segunda de entre cuatro posibilidades. Para ello, el "alumno" tiene que presionar uno de los cuatro botones (del 1 al 4), según la respuesta que crea correcta. Si acierta, pasa a la palabra siguiente. Pero si se equivoca, recibe una descarga de 15 voltios. Y con cada nuevo error, se van sumando 15 voltios más, hasta los 30 niveles de descarga estipulados en el experimento.

El "maestro" cree que está dando realmente descargas al "alumno", pero son simuladas. Cuando alcanzan cierto nivel, el "actor" empieza a golpear la pared que le separa del "maestro" para que pare. Grita de dolor, renuncia al experimento, le suplica que se detenga. Si llegase a los 270 voltios, agonizaría. A los 300, deja de responder... Todos esos sonidos de dolor, en realidad, eran la misma grabación que escuchaban por igual todos los "maestros".

Reacciones de los "maestros"

En general, al llegar a los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor y sugerían abandonar el estudio, pero la rígida autoridad del investigador les convencía para seguir con frases como: «Continúe, por favor». «Es absolutamente esencial que continúe». «Usted no tiene otra opción, debe continuar». Si después de estas frases, el "maestro" se negaba a continuar, el experimento se paraba.

Resultados

Antes de realizar el experimento, el equipo de Milgram creía de forma unánime que sólo algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo de 450 voltios. Pero se quedaron sorprendidos al comprobar que el 65% de los "maestros" lo aplicaron, aunque lo pasaran mal mientras lo hacían.

Los investigadores estaban desconcertados. No se explicaban los resultados. Los participantes no les parecían sádicos, al contrario. Estaban preocupados por su propia conducta y por cómo iba evolucionando el ensayo, aunque eran conscientes del daño que estaban causando y siguieron aplicando las descargas a la orden del investigador. Como dato curioso, hombres y mujeres resultaron ser igualmente obedientes, pero las mujeres sufrían más estrés. Y se sintieron aliviados cuando se enteraron de que el "alumno" era un actor y que todo era una simulación. 

Al final, el 84% de los participantes dijo que estaba «contento» o «muy contento» de haber participado en el estudio.

En 1974, Milgram escribió:

Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye y principal descubrimiento del estudio.

Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)

Posteriormente a Milgram, otros investigadores han hecho estudios similares, aunque muchos lo consideran todavía hoy poco ético. En 1999, Thomas Blass, de la Universidad de Maryland, publicó un análisis de todos los experimentos similares realizados hasta entonces y concluyó que entre el 61% y el 65% de los participantes habían aplicado voltajes altos a sus alumnos, independientemente del lugar o del año en el que se hiciera el estudio.

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Para los niños, para los que tienen la suerte de convivir con alguno de ellos y para los que todavía guardan uno dentro de su viejo cuerpo.

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