KINDSEIN
Cuando el niño era niño...

Wednesday August 24, 2005

Sobre nosotros, los Papalagi


He aquí un maravilloso libro escrito hace casi un siglo y titulado Los papalagi. Se trata de una recopilación de los discursos de Tuiavii de Tiavea, un jefe samoano. Fue publicado por Erich Scheurmann y en España lo ha editado Integral. Scheurmann viajó a la Isla de Samoa, que por entonces era colonia alemana, huyendo de la I Guerra Mundial. Allí conoció al jefe Tuiavii. La antropología estaba en pleno auge. Scheurmann descubrió que el jefe samoano tenía unos escritos en los que explicaba a su pueblo cómo viven y se comportan los Papalagi (hombres blancos) y parece ser que los publicó sin su consentimiento. Es un interesante estudio antropológico al revés que merece la pena leer para darse cuenta de lo tontos que somos, aunque pensemos lo contrario. Y además es divertido. He aquí unos cuantos fragmentos. Se puede leer entero en el web de Sisabíanovenía.

Sobre el metal redondo y el papel tosco: el dinero

«Cuando hablas a un Europeo sobre el Dios del Amor, sonríe y pone cara divertida. Sonríe por tu estupidez. Pero tan pronto como le muestres una pieza de metal redondo y brillante o una hoja de papel tosco, entonces sus ojos se iluminan y la saliva empieza a babear por sus labios. Dinero es su único amor, el dinero es su Dios. Esto es en lo que todos los blancos piensan, incluso cuando duermen. Hay algunos cuyas manos se han vuelto retorcidas y han tomado la apariencia de las patas de una termita, como resultado del continuo esfuerzo por obtener el metal y el papel. A otros se les han vuelto ciegos sus ojos de tanto contar el dinero. Existen aquéllos que han dado su alegría a cambio de dinero, su risa, su honor, su alma, su felicidad; sí, incluso su esposa y niños. Casi todos ellos han dado su salud por dinero. Lo llevan consigo en sus taparrabos, doblado junto, entre duras pieles. Por la noche lo ponen bajo su envuelve-camas, de modo que nadie pueda llevárselo. Piensan en él noche y día, cada hora, cada minuto. Y todo el mundo ¡todo el mundo! ¡los niños también! Se lo llevan a casa. Sus madres se lo enseñan y lo ven de sus propios padres. »

«Mis hermanos de piel luminosa, todos nosotros somos pobres. Nuestra tierra es la más pobre de todas las tierras bajo el sol. No tenemos suficiente metal redondo o papel tosco para llenar ni siquiera un cofre. De acuerdo con las normas de los Papalagi somos desdichados mendigos. Y todavía, cuando miro a vuestros ojos y los comparo con aquéllos de los ricos allí, encuentro los suyos cansados, mortecinos y perezosos, mientras que los vuestros brillan como la gran luz, emitiendo rayos de felicidad, fuerza, vida y salud. Sólo he visto ojos como los vuestros en los niños de los Papalagi, antes de que puedan hablar. Porque antes de esa época no tienen todavía conocimiento del dinero.»

Sobre el tiempo:

«Ésta es una historia increíblemente confusa, de la cual yo mismo no he entendido todavía los puntos más sutiles, puesto que es difícil para mí estudiar esta tontería más allá de lo necesario. Pero los Papalagi le atribuyen mucha importancia. Hombres, mujeres y hasta niños demasiado pequeños para andar, llevan una máquina pequeña, plana y redonda, dentro de sus taparrabos. atada a una cadena de metal pesado, colgando alrededor de la garganta o alrededor de la muñeca; una máquina que les dice la hora. Leerla no es fácil. Se les enseña a los niños arrimándolos a sus orejas, para despertar su curiosidad.»

(...)

«Porque los Papalagi siempre están asustados de perder su tiempo, no sólo los hombres, sino también las mujeres y hasta los niños pequeños; todos saben exactamente cuántas veces el sol y la luna se han levantado desde el día en que vieron la gran luz por primera vez. Sí; juega un papel tan importante en sus vidas, que lo celebran a intervalos regulares, con flores y fiestas. Muy a menudo he observado que la gente tenía que avergonzarse por mí, porque me preguntaban mi edad y yo empezaba a reírme y no la sabía. «Pero tú tienes que saber tu propia edad». Entonces guardaba silencio y pensaba: es mejor para mí no saberla.»

Sobre las profesiones:

«Sólo unos pocos Papalagi pueden todavía correr y saltar como niños, después de haber crecido. Cuando caminan arrastran los pies y se mueven como si continuamente estuviesen cargados. Niegan y ocultan su debilidad diciendo que correr, retozar y saltar está por debajo de la dignidad de un hombre con orgullo. Pero esto es hipocresía; como sus huesos se han endurecido y se han vuelto quebradizos, la felicidad ha abandonado sus músculos, porque están condenados a muerte por su trabajo. La profesión también es un aitu que destruye la vida; un aitu que murmura promesas dulces a los oídos de la gente y al mismo tiempo les chupa la sangre de sus cuerpos.»

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Para los niños, para los que tienen la suerte de convivir con alguno de ellos y para los que todavía guardan uno dentro de su viejo cuerpo.

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