«Mil alumnos de 5.º y 6.º de primaria de 40 centros públicos
rurales aragoneses utilizarán el próximo curso los cuadernos digitales
(tablet PC), un ordenador portátil con pantalla táctil, lápiz óptico y
conexión a Internet.En los colegios seleccionados, las pizarras de
clase se sustituirán también por videoproyectores con ordenador,
conectados en red con los alumnos, quienes tendrán contacto informático
con los profesores, incluso fuera de clase.(…)La introducción de los
cuadernos y pizarras digitales no supondrá la eliminación de los libros
de texto. Los alumnos utilizarán menos el papel, porque, además los
tablet PC, incorporan programas educativos. Pero su misión es cambiar
la metodología de trabajo y complementar los libros de texto, no
sustituirlos.»

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serytener

Esta noticia —aparecida hoy, aunque ya se venía publicando
desde finales de 2003— tiene su gracia. Ofrecen la última tecnología a
algo que está mantenido con respiración asistida. Las escuelas rurales
están en peligro de extinción en España, y, en realidad, es como si
hubiese un complot para acabar con ellas.

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Después de ver el documental Ser y Tener,
acabas soñando con encontrar una escuela rural como la del venerable
profesor Georges López (que decía que no podía imaginar una vida sin
ejercer su profesión), en la región de Auvernia, Francia, con su aula de unos pocos alumnos y un entorno humano maravilloso.

georgeslopez

Si
no vives precísamente en el centro de Madrid o Barcelona sino que has
huído felizmente de la aglomeración, te convences de que es el mejor
momento para lograr ese sueño. Coges el coche para ver cómo son las
escuelas rurales más cercanas y descubres que la mayoría están cerradas
desde hace años. Entre las pocas que quedan, eliges una en la que hay
una profesora que se parece a López remotamente, pero que no está mal.

Pero entonces la maestra (que también hace de administrativa y bedel) te
dice que lo más seguro es que no esté ahí el año próximo y que si
quieres más información lo mejor será que hables con un inspector que
está deseando encontrar un motivo para cerrar la escuela y que viene
sin avisar cualquier día y en cualquier momento una vez comenzado el
curso. Si aún así te arriesgas a apuntar a tu hija, te arriesgas también
a experimentar cualquier tipo de sensaciones menos las de aquel día en
la butaca del cine.

Sucedió así:

En una pedanía de Murcia en la frontera
con Alicante existe un colegio rural que ha perdido más de la mitad de
su pequeño espacio por alguna artimaña del alcalde pedáneo. Ha creído
más conveniente convertir ese espacio en bar y la antigua “casa del
maestro” en centro de reunión para que los más mayores de la aldea
jueguen al dominó por las tardes.

Estábamos a principios de septiembre
de 2004 pero nadie sabía a ciencia cierta cuándo empezaba el colegio.
Sólo sabíamos que la anterior maestra, una granadina muy resuelta, nos
dijo que teníamos que venir sobre el siete o el ocho con los libros
comprados y un paquete de 500 folios. Se sabía también que este año
habría más alumnos: cinco niñas nuevas de tres años, por lo que era
casi seguro que enviarían a una especialista en educación infantil. Los
siete alumnos del año anterior tenían entre 5 y 12 años.

Una de las
madres tenía la llave del colegio. Se las había entregado la granadina,
que no se fiaba un pelo del alcalde, y las guardaba con celo como si se
tratara de las llaves de la ciudad. Llevaba ya varios días sin salir de
casa, esperando a que viniese el maestro o maestra a recogerlas, pero
no aparecía nadie. Un día, una concejala de cultura la llamó para
decirle que las clases empezaban el día 9.

Ese mismo día 9, a las nueve
menos cuarto de la mañana, estábamos en la puerta un grupo de padres
con sus niños y la madre portadora de la llave, todos perplejos: no
sólo no había ni rastro del nuevo profesor o profesora sino que había
dos tipos en lo alto del tejado tirándolo abajo, teja por teja. Después
de los tres meses de vacaciones, consideraron que el mejor día para
empezar a reformar la cubierta era el primer día de curso.

Después de
hacer una decena de llamadas pidiendo explicaciones al Ayuntamiento, a
la Concejalía, al Centro de Recursos del Altiplano, al departamento
Enseñanza, del Ministerio de Educación y Ciencia en Murcia, alguien me
dice que no se había presentado nadie porque no se habían adjudicado
las plazas de maestros rurales hasta esa misma noche. La que nos tocaba
a nosotros se había adjudicado “a la una de la madrugada”. Era una
maestra de Almería, y no era de Infantil, sino de inglés. “Supongo que
estará haciendo la maleta y llegará cuando llegue, no le puedo decir
más”, concluyó.

En cuanto a las tejas, la concejala del Ayuntamiento al
que pertenece la pedanía me pidió que colgara o le dijera a alguien que
vive en la aldea que colgase un cartel en la puerta de la escuela
diciendo que no empezaría el curso hasta que no acabasen las obras.
Supongo que lo hizo la madre que guardaba la llave.

No llegué a conocer
a la maestra. No sé cómo se las habrá apañado una profesora de inglés
con cinco niñas de tres años en un aula en la que hay otros niños de 8,
10 y 12, y con un horario ininterrumpido de nueve a dos de la tarde.
Pero de todo se sale. Seguro que unos cuadernos digitales le vendrían
muy bien.